Alberto Guzmán, el tiempo de la ruptura



Escribe: José Luis Ayala | Cultural - 12 nov 2017


Alberto Guzmán fue un creador nato, un insurrecto dotado para cuestionar al tiempo histórico y artístico que le tocó vivir. Se reveló contra los moldes oficiales establecidos, contra la crítica mediocre que a veces intencionalmente ningunea a quienes tienen un evidente talento. Pero fue en la escultura en donde mejor pudo realizarse como artista y ser humano. Pintor y dibujante, fue en la escultura el arte en el que desarrolló una expresión propia dentro de la tradición y ruptura. “No quiero parecerme a nadie”, decía.

Trabajó en mármol y metales, en base de cinceles, agua y fuego. Su lenguaje artístico se fue formado en la medida que descubrió las bondades y plasticidad de materiales duros. Pero también fabricaba joyas, dibujaba en planchas de cobre, cartulina y papel especial para lograr expresarse y lograr impresiones de sus dibujos tan propios y cautivantes. Sus esculturas en mármol y metales estaban concebidas para ser expuestas en grandes espacios como parques, plazas, avenidas. De ninguna manera en recintos pequeños, aunque también hizo algunas para varios museos de Europa.

Las esculturas de Alberto Guzmán significan, la decidida voluntad del artista para tomar distancia de la tradición e iniciar la búsqueda y expresión de una personalidad distinta, propia. Las formas de la expresión artística no están en el dorso, en la parte externa de la escultura, sino en las entrañas. Es decir, dentro no afuera como normalmente se hace. Lo visual de lo exterior es un pretexto para descubrir que la plasticidad está en el interior de la escultura. En eso consisten sus logros en mármol. En cambio, cuando se expresa en metales, recurre a ambas expresiones personales.

Dotado por un extraño talento, sus dibujos, grabados y creaciones en planchas de metal, significan una constante búsqueda y renovación personal. Nunca repetía a cuanto había trabajado antes y era más bien un nuevo periodo que emprendía. Por eso, cuando se haga un estudio de su trayecto de artista total, habrá que tener en cuenta los periodos por lo que atravesó. Esa es una de las características de los grandes creadores de todas los tiempos. Renovarse constantemente, no repetirse, mirar hacia adelante pero sin traicionarse, sin dejar de ser el mismo, siempre ser otro.

Por eso, su taller era grande y ocupaba un gran espacio a lo alto y ancho. Trabajaba con un traje protegido con una plancha metálica contra los rayos ultravioletas. Usaba una máscara y lentes contra los destellos del fuego al fundir los metales. Es decir, creaba mientras trabajaba con altas temperaturas de calor. Muchas veces no lograba obtener la plasticidad y lenguaje en la escultura, pero insistía hasta lograr sus propósitos. Era un trabajo difícil y extenuante que solo él podía acometer.

Muy distinto era cuando trabajaba en mármol, por lo general compraba grandes bloques en las minas de Carrara (Italia) y llegaban en cajas de madera. Empezaba a trabajar primero el interior de la escultura, luego la parte externa. Cada trabajo exigía un gran esfuerzo a base de cinceles, golpes perfectos y exactos, trabajaba con lentes y máscara de plástico para protegerse de las esquirlas. Nunca ninguna escultura se parecía al diseño que dibujaba antes. “El trabajo de creación modifica siempre al proyecto. Son dos corrientes de un solo río. Así como en una novela hay una idea primigenia que no siempre se cumple, igual sucede con la escultura” –afirmaba.

Primero fue el diario “Le Monde” de París que dio la noticia del fallecimiento de Alberto Guzmán (4 de noviembre), a quien visité en mi último viaje en París, lo encontré en su taller y conocí a Vincent, su hijo escultor, pintor y dibujante como él. No lo reconocí debido a los años transcurridos. No pude ver a su generosa esposa parisina Brita Compard, pero Alberto estaba casi ciego debido a su trabajo con esculturas de metal, el fuego le había causado un daño irreparable en las retinas.

Conocí a Alberto Guzmán en abril de 1969 en París, debido a la amistad con Pablo Manuel Cadenillas, quien me llevó a su taller para que diera “cualquier trabajo”, mientras esperaba una beca en IRFED. Alberto fue muy generoso, me preguntó: “¿sabes soldar metales? “Sé soldar con plomo” –respondí– como si fuera gran cosa. “Está bien, desde mañana vienes a trabajar a los ocho, si aprendes el oficio ganarás bien, todo depende de lo que hagas y de lo que no hagas”.

Así conocí a Michel Meyer, su ayudante principal, gran soldador y artista de origen vietnamita, mano derecha de Alberto Guzmán, se ocupaba de preparar el material para que el escultor trabajara cómodamente. Brita es hija del escultor francés Emile Compard, ella se encargaba de las exposiciones de los trabajos de Alberto, ya sea en galerías de arte más importantes como en grandes museos, siempre al lado de Pablo Picasso, Humberto Mata, Wilfredo Lam y otros pintores de renombre. Un vernissage de Alberto Guzmán significaba un gran acontecimiento cultural, debido a los contactos de Brita y el prestigio de su padre. Pero eso no significaba que los trabajos de Alberto Guzmán no tuvieran la calidad artística que recién se empieza a reconocer. La última vez que lo visité fue en el año 2002, su taller estaba ubicado en Nogent sur Mierne cerca de París, en realidad es un pequeño pueblo dedicado a talleres para artistas.

Por ejemplo, Pierre Restany, calificado crítico francés de arte, suscribió en el catálogo de la exposición de las obras de Guzmán en el The Moran Open-Air Museum de Seúl (Corea del Sur) lo siguiente en 1994: "El gesto del escultor es el alma de su estilo. El diapasón de su aproximación a la materia, y el gesto, uno de los primeros de la expresividad humana, es la marca soberana de su identidad, gran tallador de piedra y cómo le gusta el mármol. El gesto de Guzmán es portador de transparencia y de luz. Desde hace treinta y cinco años no ha cesado de mostrarlo, cuando partió de su Perú natal para venir a trabajar en París, treinta y cinco años que los ha consagrado al esfuerzo más imperativo: Hacer brotar de la materia inerte el soplo luminoso del impulso vital. ¡Qué hermoso equilibrio físico en la concentración de energía!"

Durante las horas de descanso solía contar su infancia, nació en Vichayal en 1927, un distrito pobre y arenoso de Piura, su padre tenía un taller de herrería y se ocupaba de poner herrajes a los caballos, hacer rejas para ventanas y tumbas, puertas de metal y soldar, reparar las ollas que usaban las amas de casa. “Así aprendí a soldar las ollas la pobreza de la gente” –decía. Después vino a Lima y estudió en la Escuela de Bellas Artes, en 1958 obtuvo el Primer Premio de escultura y una beca otorgada por el gobierno francés para estudiar en París.

“Los primeros años después que se acabó la beca, fueron los más duros porque París, las galerías y museos no aceptan a quienes no tienen un nombre. Pero había que insistir, hasta que poco a poco fue aceptada la propuesta” –afirmaba. Pese a tener un gran prestigio añoraba el Perú y los atardeceres del mar de Piura. En su casa conocí a Manuel Scorza, que en entonces cabalgaba con un gran prestigio debido a sus novelas y dinero acumulado con las ventas. Se trasladó a vivir en un edificio cercano a Notre Dame, carísimo, elegante y lujoso. Guzmán comentaba que Scorza de esa manera se vengaba de la sociedad que lo había humillado de niño, obligándolo a vivir en una panadería debido a la ocupación de su padre.

Frecuentaban la casa de Guzmán, Julio Ramón Ribeyro, Américo Ferrari y Jorge Carrera Andrade, un distinguido poeta ecuatoriano. Las conversaciones siempre eran de carácter literario y político. Julio Ramón era un gran conversador, estaba al tanto de los acontecimientos políticos debido a que recibía diarios y revistas de Lima. Era un criollo ciento por ciento, culto y fino, gran conocedor de la literatura española, creía que Arguedas había hecho el mejor retrato literario del Perú. Era evidente que no le gustaban los temas andinos y luchas campesinas escritas por Scorza, le parecía demasiado local, exageradamente politizado.

En una de las conversaciones, Alberto Guzmán me preguntó a qué peruanos conocía en París. Respondí que en la casa de Desirée me había encontrado con Rodolfo Hinostroza y conocido a Pablo Paredes, Alfredo Bryce Echenique, Gerardo Chávez y Alberto Quintanilla. Ribeyro contó haber conocido a varios amigos de Vallejo, entre ellos a Gonzalo More y su esposa cusqueña Helba Huara. Pero no dijo nada de Desirée. Sin embargo, después de haber tomado durante muchos años distancia de ella y sus actividades políticas, estuvo presente en su entierro.

Escribo esta crónica como gratitud en memoria de Alberto Guzmán, ser ingrato sería traicionarme a mí mismo y eso no puede ser. Me ayudó cuando más necesitaba para sobrevivir en una chambre de bond del bulevar Raspail del Barrio Latino en París. No olvidé nunca la humanidad y generosidad de Brita Compard. Alberto Guzmán ahora está presente en los museos y galerías más importantes del mundo. Se trata sin duda de uno de los peruanos más universales, como César Vallejo. De haberse quedado en el Perú no hubiera sido y menos alcanzado a ser lo que es ahora, para siempre.


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