Abuso sexual, equidad de género, religión y educación



Escribe: Eduardo León Zamora | Opinión - 19 mar 2017

Los últimos tiempos y, particularmente, las últimas semanas, nos han sacudido por una serie de hechos vinculados a los cuatro tópicos planteados en el título de este artículo. Los cuatro me atañen, personalmente, como educador por mi trayectoria profesional y personal. He estado vinculado al movimiento de las llamadas escuelas alternativas, escribo, trabajo y apuesto por la equidad de género en la educación y soy un convencido de la necesidad de una educación pública no confesional.

El develamiento público de abusos sexuales cometidos en los colegios Héctor de Cárdenas y La Casa de Cartón, colegio en el que trabajé, comprometidamente, durante tres años; nos revela varias cosas que es necesario evaluar con la mayor objetividad posible a fin de evitar que situaciones como estas sigan repitiéndose en las escuelas. El sufrimiento de las víctimas coloca en primer lugar nuestra solidaridad con ellas y nuestro mayor respeto por haber logrado compartir hechos tan dolorosos abiertamente. Creemos entender lo mucho que les debe haber costado dar ese paso, necesario y valiente.

Lo que ha sucedido pone en cuestión la capacidad de nuestras escuelas, del sistema educativo y de la sociedad para actuar, con eficacia y justicia, en materia de prevención, respuesta, sanción y reparación en este tipo de abusos. Las escuelas alternativas surgieron, precisamente, para ofrecer a las familias y a los niños y niñas una educación que respondiera a sus necesidades, intereses, características y aspiraciones. Buscábamos, desde los inicios, que estas escuelas demostraran que era posible otra educación; una educación en libertad y en solidaridad. Una formación en valores democráticos y con calidez afectiva. Una escuela sin dogmatismo ni violencia. El mayor peligro para varias familias, recuerdo, era que sus hijos e hijas se educaran en una burbuja de espaldas a la sociedad. Nunca nos imaginamos cuán dentro del lado oscuro de la sociedad estábamos.

Y creo que, precisamente, por lo menos, en el caso de La Casa de Cartón, esta idealización de nuestra intervención pedagógica fue la que nos hizo creer que los problemas de abuso sexual estaban muy lejos de nuestra realidad institucional. No recuerdo que hayamos reflexionado como equipo de docentes sobre ese tema en los años en que trabajé allí, cuando aún no se habían producido los casos de abuso sexual o se desconocían. Supongo que nos considerábamos inmunes a ese tipo de violencia. Craso error.

En los últimos años, a partir de las investigaciones que he realizado en Educación Inicial y Primaria, donde he sido testigo de la tremenda violencia que la escuela y el profesorado ejerce, aún hoy, sobre niños y niñas más pequeños; y, particularmente, durante el viaje que estoy realizando fuera del país, que me ha permitido visitar algunas experiencias educativas; he tomado clara consciencia sobre la necesidad de contar con un sistema efectivo de protección de la niñez que garantice una educación pertinente, un cuidado amoroso y una protección absoluta de su integridad, en las escuelas y en las familias. Lamentablemente, la perspectiva de los derechos de la infancia se ha quedado a un nivel de discurso en las escuelas peruanas y no ha penetrado tampoco, de manera sustantiva en el seno de las familias. De allí que el planteamiento de la campaña «con mis hijos no te metas», que propone que el Estado no debe intervenir en algunos aspectos formativos de la educación de la infancia, constituye un grave error y una gran amenaza para avanzar a favor de su bienestar. Es, justamente, la intervención activa y efectiva del Estado en diversos países, la que ha demostrado ser el mejor medio para avanzar en el cumplimiento y ejercicio real de sus derechos.

Las escuelas, en la actualidad, tienden a revalorar la importancia del cuidado, del afecto y de la protección de la infancia como el centro de la actividad educativa gracias a la adopción de un enfoque de derechos, a una mejor comprensión de los procesos de desarrollo y de aprendizaje en la infancia, así como a un conocimiento mejor fundamentado sobre las relaciones entre cognición y emoción. El profesorado es formado para entender esto y dejar de creer que lo suyo es solamente enseñar matemática y lectura. Y las instituciones educativas se muestran más comprometidas, seriamente, con desarrollar prácticas y mecanismos que aseguren que estos tres elementos permeen toda la vida escolar.

Cuidar, amar y proteger a niños y niñas son ideas que no se han practicado como conjunto inseparable en la educación peruana. Hay, incluso, docentes que consideran que estas cosas son un asunto que no les compete. Hay quienes creen y afirman que, por ejemplo, la educación en valores es un tema de casa y que al colegio deben ir bien formados. Este tipo de afirmaciones representa una renuncia a nuestra vocación pedagógica. La tarea de formación en valores es parte del amor, del cuidado y de la protección hacia la infancia.

En La Casa de Cartón creíamos que brindábamos todo eso, como en otros colegios similares. Pero fallamos en la protección, lo que significa fallar en el cuidado y, lamentablemente, también en el amor. Por eso, hoy recibimos y comprendemos las reacciones legítimas de quienes fueron nuestros estudiantes, porque sintieron que no los cuidamos ni los protegimos. Y tienen razón.

En este asunto del cuidado, del amor y del cuidado entra también la educación sexual. Ella es, especialmente, relevante. Actualmente, se entiende mejor que la escuela y las familias deben acompañar el proceso de formación de la identidad sexual y de género de niños y niñas, deben educar en igualdad a varones y mujeres desmontando estereotipos y creencias que afectan la construcción de relaciones equitativas, deben desmontar visiones de feminidad y masculinidad que obstruyen el desarrollo pleno de los seres humanos, deben enfrentar la homofobia y la misoginia con decisión, deben acompañar los procesos de desarrollo de orientación sexual diversa y deben enseñarles a reconocer situaciones de amenaza a su integridad física y de abuso y saber cómo denunciarlas. Todo esto es necesario, pero insuficiente. Frente al abuso sexual, aunque niños y niñas sean preparados para enfrentarlo, no hay forma de garantizar que vayan a poder denunciarlo. Precisamente, porque son niños o adolescentes son vulnerables y no siempre van a reaccionar como sería deseable.

De esa vulnerabilidad se aprovechan los abusadores. Se aprovechan de la vulnerabilidad de la edad, pero también de la vulnerabilidad de las instituciones. Así sucede, generalmente. Los abusadores desarrollan una gran capacidad para ganarse la confianza de estudiantes, colegas, directivos y familias. Tienen un gran poder de seducción. Convencen de su calidad humana. Por eso, se mueven con facilidad y construyen todo un andamiaje de relaciones que los proteje y los hace ver como los profesores más simpáticos, más cercanos a los estudiantes, los que despiertan mayor confianza. Por eso, cuando algunas personas dicen que las escuelas deberían seleccionar mejor a su personal, se equivocan al creer que hay mecanismos para detectar las inclinaciones pervertidas de estos sujetos antes de ser contratados por un colegio. Lamentablemente, no es posible. Son maestros del disfraz. Así fue en el caso de la Casa de Cartón con Gustavo Cruz y Juan Manuel Heredia; y así ha sido en muchos otros casos de otras escuelas. En el caso del Héctor de Cárdenas, el abusador Juan Borea aprovechó de su condición de director, se autoblindó con el poder de ser autoridad.

Pero si bien es difícil identificar a los abusadores anticipadamente, lo que sí es posible hacer en las escuelas, es desarrollar un sistema de prevención que permita identificar situaciones de riesgo y tocar todas las alertas frente a ellas, aun cuando sean falsas alarmas. No importa, hay que estar vigilantes. Hay indicadores y hay que aprender a reconocerlos. Y para eso, hay que prepararse de manera especializada. No se trata de crear un sistema policiaco en las escuelas, sino un sistema de protección porque esa es la primera responsabilidad de las instituciones educativas.

Igualmente, es necesario aprender a enfrentar bien el abuso. La detección del abuso sexual es desequilibrante y perturbador. No es nada fácil para una institución educativa descubrir que alguno de sus docentes de su colegio es un abusador; pero es necesario aprender a actuar como corresponde, asumiendo todas las consecuencias en beneficio de las víctimas. No es fácil y se cometen errores e injusticias. Y aunque hayan pasado muchos años, es necesario corregir lo mal actuado.

Ha quedado claro que escuelas como La Casa de Cartón fallaron en la forma de responder a las situaciones de abuso que se detectaron en su momento. No se despidió de inmediato a los abusadores, por ejemplo. Hubo falta de competencia y de responsabilización. Los jóvenes hoy que fueron estudiantes ayer señalan también falta de empatía e impunidad. Y es fundamental recoger lo que sintieron y sienten las víctimas porque reflejan su visión de lo que sucedió. El colegio no supo responder, según la mayoría de ellos que ha hecho conocer su palabra. Su respuesta no fue la respuesta esperada y necesaria; hecho reconocido por el colegio y que se intenta corregir hoy, afortunadamente. Felicito ese esfuerzo. Sin embargo, la falta de una reacción institucional oportuna y adecuada añadió más dolor y más desconfianza entre las víctimas y el colegio.

Por supuesto, los puntos de vista entre ex-alumnos también difieren. Hay quienes sí se sintieron respaldado y apoyados. Hay quienes que defendieron su derecho a su privacidad y decidieron no denunciar judicialmente, pero que esperaban que el colegio actuara más firmemente en el seguimiento de los abusadores para que no se les permitiera seguir trabajando en educación en otras instituciones.

Lamentablemente, los abusadores se aprovechan también del impacto desestabilizador que causa su comportamiento en una institución con el fin de liberarse de toda sanción y quedar impunes. Saben que la ruptura de relaciones, las contradicciones, la impotencia, la frustración, la vergüenza, el temor, la suspicacia y los distanciamientos que genera el abuso entre las personas involucradas crean la mejor situación para salirse con la suya. Por eso, a pesar del sufrimiento inferido, la mejor forma de enfrentar a los abusadores, a mi juicio, es volver a encontrarse víctimas y colegios para revisar críticamente lo sucedido, pedir perdón, tomar las decisiones necesarias que generen confianza, rectificarse en todo lo que sea necesario y, principalmente, tomar acciones efectivas contra los abusadores; y trabajar sistemas de vigilancia y protección efectiva en las escuelas. No es posible cerrar todas las heridas, seguramente, ni cambiar el pasado; pero es saludable psicológica y moralmente intentar emprender un camino reparador para el bien de todos, mirando el futuro de la educación y de los estudiantes de nuestro país.

Como ya lo he señalado, y reconocen quienes mejor conocen sobre el abuso sexual, una educación sexual integral es un factor positivo en su prevención. Por eso, no intervenir en la formación de nuestros niños y niñas en materia de educación sexual o de equidad de género es imposible poder protegerlos. Plantear, como lo hacen quienes sostienen la campaña «con mis hijos no te metas», que el Estado no debe intervenir en estos campos, es un grave error porque impide que el Estado pueda generar mejores condiciones para trabajar en función del desarrollo de una sexualidad sana, de prevenir el abuso sexual, de combatir el bullying homofóbico y de construir relaciones más equitativas entre hombres y mujeres.

Las conductas impresentables de personajes como el Dr. Solari quien, frente a las cámaras de televisión, pretendió exigir a la antropóloga Angélica Motta dejarse abrazar o permitir que besase su mano, sin su consentimiento, es, precisamente, una muestra flagrante de cómo se puede invadir, impunemente, el cuerpo de las mujeres (o de los niños) haciendo parecer como admisible lo que no debería ser. Y aunque parezca banal o inocente, es con ese tipo de conductas y de su aceptación social que se van construyendo las desigualdades de género y los peligros de un machismo que no acepta límites. Y que se encubre bajo un manto de supuesta caballerosidad y de buenos modales.

El enfoque de género que se ha convertido en el pretexto absurdo para impugnar un currículo escolar que apenas, tibiamente, empieza a abordar el tema de la equidad y el respeto de la diversidad sexual. El nuevo currículo representa una oportunidad para profundizar en las medidas para construir una sociedad más democrática y justa. Las familias del Perú que, mayoritariamente, están a favor de la igualdad de género, de acuerdo a las encuestas, perciben que el Estado está intentando desarrollar una mejor educación.

Es importante aclarar que el bullying homofóbico no solo lo sufren niños y niñas que están desarrollando una orientación homosexual, suficiente razón para protegerles; sino también niños y niñas que, simplemente, son más tímidos, más inseguros, menos agresivos, menos deportistas o, físicamente, más débiles (en el caso de los varones) o más fuertes (en el caso de las mujeres). Nuestras niñas son también minusvaloradas por su condición de mujer, restándoles menos oportunidades para desarrollarse plenamente en distintos campos. Ninguna madre o ningún padre desearía que sus hijos e hijas sean víctimas de maltrato solo por el hecho de ser algo diferente a los demás. Precisamente, una educación con un enfoque de género pretende enfrentar esas situaciones que afectan negativamente la experiencia educativa de nuestros estudiantes.

Es falso que el currículo pretende homosexualizar a los niños. Es imposible que pueda hacerlo aun si lo pretendiera, porque la homosexualidad no se enseña ni es posible educar en homosexualidad. De hecho, la gran mayoría de personas homosexuales provienen de familias heterosexuales. Y los hijos de parejas gays no son, necesariamente, homosexuales. El temor a la homosexualidad y la homofobia está siendo exacerbado por ciertas iglesias fundamentalistas evangélicas y por la católica.

Lamentablemente, nuestro Estado está aún muy lejos de constituirse como un Estado no confesional que separe la esfera del Estado de la esfera religiosa. Tiene un tratado con El Vaticano que es inaceptable y que asegura que la iglesia católica tenga el poder que tiene; y bajo el principio de libertad de culto, favorece a las iglesias evangélicas con la exoneración de impuestos y con una presencia enorme en la educación. Es claro que este burdo intento de querer influir y obligar al Estado a dejar de proponer enfoques y propuestas educativas favorables para los estudiantes, no responde a una preocupación democrática, sino a un intento de imponer su fanatismo en la sociedad peruana para beneficio propio.

La educación religiosa representa una práctica que ha sido eliminada de la educación pública en muchos países del mundo porque se concibe y se respeta una clara separación entre iglesia y Estado. La educación religiosa en el currículo no aporta al desarrollo de una espiritualidad sana, abierta y libre. Suele ser dogmática y, desde el punto de vista pedagógico implica para niños y niñas aproximarse a una serie de ideas y conceptos que están más allá de su comprensión. En ese sentido, es mucho más sencillo, claro y enriquecedor para ellos comprender qué significan la inequidad de género, los estereotipos y los prejuicios sexistas o una relación afectiva entre personas del mismo sexo que comprender qué significa la santísima trinidad, el pecado original o la inmaculada concepción. La educación religiosa no contempla ninguna preocupación por las posibilidades de comprensión que tiene niños y niñas según su desarrollo cognitivo y se impone a través del adoctrinamiento. Lo cual resulta interesante, ya que acusa al nuevo currículo de tratar de imponer “la ideología de género” utilizando los propios métodos convencionales de las iglesias.

A diferencia de la educación religiosa que impone creencias y adhesiones obligatoriamente; una educación en equidad de género promueve la reflexión crítica y la comprensión del mundo social en sus diferentes aspectos. En ese sentido, la educación religiosa sí es una intromisión en el desarrollo cognitivo y representa un atentado contra el desarrollo moral de las personas que debe basarse en la libre consciencia y en principios acogidos por convicción.

La formación religiosa debe circunscribirse a las iglesias. No debe intervenir en la educación pública. Y el Estado no debe ni financiar ni subsidiar la educación religiosa porque corresponde a intereses particulares. Puede desarrollarse de manera privada; pero el Estado debe vigilar que se realice dentro de ciertos parámetros que respeten un desarrollo infantil, espiritual y moralmente, saludable.

En este momento, con el poder que ha alimentado el propio Estado, estas iglesias están desarrollando una campaña tremendamente dañina para la sociedad peruana, aprovechando la confianza que tienen sus fieles en ellas y lanzando mentiras, insultos y amenazas que no se ajustan a su supuesta naturaleza religiosa. Estos grupos no solamente se están contraponiendo a los principios éticos más elementales y a hechos científicos irrefutables sino, incluso, a los postulados centrales del cristianismo, alentando al odio contra las mujeres y al asesinato de las parejas homosexuales. Con esto se han sobrepasado todos los límites y se ha ingresado a prácticas ilegales y penalmente sancionables.

El accionar de estos grupos religiosos pone en peligro lo poco que nuestro país ha ido avanzando en materia de educación ciudadana y democrática. Más aún cuando se percibe que detrás de todo esto hay intereses oscuros del fujimorismo y del aprismo por forjarse de un apoyo popular para cualquier eventualidad futura. Estas movidas constituyen una amenaza para construir un sistema de cuidado, amor y protección para la infancia. Y pretende que el Estado retroceda en su rol legítimo de garante de los derechos humanos. Esto es inadmisible y confiamos en que el gobierno no retroceda en lo avanzado y perciba que, en este terreno, tiene el apoyo de la mayoría de peruanos y el aval del sistema internacional de derechos humanos. Los maestros y maestras debemos constituirnos en la fortaleza y la barrera para que, como profesionales, sepamos detener esta avalancha de fanatismo y proponer una educación liberadora que, a la vez, proteja y cuide a nuestros queridos estudiantes.



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