El hombre pone y Dios dispone, o lo que ha de ser el periodista



Escribe: MARIANO JOSÉ DE LARRA | Opinión - 19 mar 2017

Si a alguien le deben gratitud los articulistas contemporáneos, es sin duda alguna al español Mariano José de Larra. Nacido en Madrid un 24 de marzo de 1809, él fue, además de un brillante escritor, periodista y político, uno de los más importantes exponentes del Romanticismo español. Para conmemorar un aniversario más de su natalicio (que acontecerá dentro de unos días), les dejamos dos artículos de él. Disfrútenlos.

Gran cosa dijo el primero que enunció este proverbio, hoy tan trillado. Si hay proverbios que envejecen y caducan, este toma por el contrario más fuerza cada día. Yo por mi parte confieso que a haber tenido la desgracia de nacer pagano, sería ese proverbio una de las cosas que más me retraerían de adoptar la existencia de muchos dioses; porque soy de mío tan indómito e independiente, que me asustaría la idea de proponer yo, y de que dispusiesen de mis propósitos millares de dioses, ya que desdichadamente ha de ser hombre un periodista, y lo que es peor hombre débil y quebradizo. Ello no se puede negar que un periodista es un ser muy bien criado, si se atiende a que no tiene voluntad propia; pues sobre ser bien criado, debe participar también de calidades de los más de los seres existentes: ha menester, si ha de ser bueno y de dura, la pasta del asno y su seguridad en el pisar, para caminar sin caer en un sendero estrecho, y como de esas veces fofo y mal seguro; y agachar como él las orejas cuando zumba en derredor de ellas el garrote. Necesita saberse pasar sin alimento semanas enteras como el camello, y caminar la frente erguida por medio del desierto. Ha de tener la velocidad del gamo en el huir para un apuro, para un día en que Dios disponga lo que él no haya puesto. Ha de tener del perro el olfato, para oler con tiempo dónde está la fiera, y el ladrar a los pobres; y ha de saber dónde hace presa, y dónde quiere Dios que hinque el diente. Le es indispensable la vista perspicaz del lince para conocer en la cara del que ha de disponer lo que él debe poner; el oído del jabalí para barruntar el runrún de la asonada; se ha de hacer, como el topo, el mortecino, mientras pasa la tormenta; ha de saber andar, cuando va delante, con el paso de la tortuga, tan menudo y lento que nadie se lo note, que no hay cosa que más espante que el ver andar al periodista; ha de saber, como el cangrejo, desandar lo andado, cuando lo ha andado de más, y como de esas veces ha de irse sesgando por entre las matas a guisa de serpiente; ha de mudar camisa en tiempo y lugar como la culebra; ha de tener cabeza fuerte como el buey, y cierta amable inconsecuencia como la mujer; ha de estar en continua atalaya como el ciervo, y dispuesto como la sanguijuela a recibir el tijeretazo del mismo a quien salva la vida; ha de ser, como el músico, inteligente en las fugas, y no ha de cantar de contralto más que escriba con trabajo; y a todo, en fin, ha de poner cara de risa como la mona. Esto con respecto al reino animal.

Con respecto al vegetal parécese el periodista a las plantas en acabar con ellas un huracán sin servirles de mérito el fruto que hayan dado anteriormente; como la caña, ha de doblar la cerviz al viento, pero sin murmurar como ella; ha de medrar como el junco y la espadaña en el pantano; ha de dejarse podar como y cuando Dios disponga, y tomar la dirección que le dé el jardinero; ha de pinchar como el espino y la zarza los pies de los caminantes desvalidos, dejándose hollar de la rueda del poderoso; en días oscuros ha de cerrar el cáliz y no dejar coger sus pistilos, como la flor del azafrán; ha de tomar color según le den los rayos del sol; ha de hacer sombra, en ocasiones dañina, como el nogal; ha de volver la cara al astro que más calienta como el girasol, y es planta muerta si no; seméjase a las palmas en que mueren las compañeras empezando a morir una; así ha de servir para comer como para quemar, a guisa de piña; ha de oler a rosa para los altos, y a espliego para los bajos; ha de matar halagando como la hiedra.

Por lo que hace al mineral, parece el periodista a la piedra en que no hay picapedrero que no le quite una esquirla y que no le dé un porrazo; ha de tener tantos colores como el jaspe, si ha de parecer bien a todos; ha de ser frío como el mármol debajo del pie del magnate; ha de ser dúctil como el oro; de plata no ha de tener ni aun el hablar en ella; ha de tener los pies de plomo; ha de servir como el bronce para inmortalizar hasta los dislates de los próceres; lo ha de soldar todo como el estaño; ha de tener más vetas que una mina, y más virtudes que un agua termal. Y después de tanto trabajo y de tantas calidades ha de saltar, por fin, como el acero, en dando con cosa dura.

En una palabra, ha de ser el periodista un imposible; no ha de contar sobre todo jamás con el día de mañana: ¡dichoso el que puede contar con el de ayer! No debe por consiguiente decir nunca, como El Universal: «Este periódico sale todos los días excepto los lunes», sino decir: «De este periódico solo se sabe de cierto que no sale los lunes». Porque el hombre pone y Dios dispone.

Manía de citas y de epígrafes**

Hombres conocemos para quienes sería cosa imposible empezar un escrito cualquiera sin echarle delante, a manera de peón caminero, un epígrafe que le vaya abriendo el camino, y salpicarlo todo después de citas latinas y francesas, las cuales, como suelen ir en letra bastardilla, tienen la triple ventaja de hacer muy variada la visualidad del impreso, de manifestar que el autor sabe latín, cosa rara en estos tiempos en que todo el mundo lo aprende, y de probar que ha leído los autores franceses, mérito particular en una época en que no hay español que no trueque toda su lengua por dos palabritas de por allá. Nosotros, como somos tan bobalicones, no sabemos a qué conducen los epígrafes, y quisiéramos que nos lo explicasen, porque en el ínterin que llega este caso, creemos que el pedantismo ha sido siempre en todas las naciones el precursor de las épocas de decadencia de las letras. Verdad es que estamos muy seguros de que no ha de ir a menos nuestra literatura; esto es en realidad caso tan imposible como caerse una cosa que está caída; pero por eso mismo no quisiéramos tener los síntomas de una enfermedad, cuyo único y verdadero antídoto acertamos a poseer.

Si el autor que escribe dice una verdad y sienta una idea luminosa, no sabemos qué más valor le han de dar los pocos sabios que en el mundo han sido, reunidos en su apoyo; y si su aserción es falsa, o sienta una idea despreciable, no consideramos que haya Horacio ni Aristóteles capaz de disculpar su tontería. Agrégase a esto, que por lo regular suele tergiversarse el sentido de los autores pasados, para acomodar su texto a nuestra idea, a veces en materias cuya posible existencia ni siquiera sospechó la docta antigüedad.

Verdad es que el vulgo, que ignora la lengua en que se le trae la cita, suele quedar deslumbrado. Este es el origen del aplauso y de la algazara que se arma en el teatro siempre que un autor, conocedor del corazón humano, ingiere en su drama uno o muchos latines, o palabras técnicas y científicas que entienden pocos; cada cual se apresura a reírse, para que no piense el que tiene al lado que no ha entendido toda la picardía de aquella palabra. Tal es la condición de nuestra pueril vanidad. Sucede, también, que se lee con desprecio o indiferencia a un autor moderno, y solo se le empieza a respetar desde que se ve la autoridad del antiguo, como si estos hombres con quienes se vive diariamente, ni fuesen capaces de decir por sí solos cosa alguna que valga la pena de ser leída, porque está probado que no hay cosa para ser tenido en mucho como morirse, a lo cual se agrega que el vulgo ignora cuán fácil es encontrar en el día textos para todo, y que es más difícil tener mucho saber que aparentarlo. Todo esto es verdad, y es lo único que en apoyo de las citas y epígrafes encontramos, pero el hombre verdaderamente superior desprecia estas vulgaridades.

Nosotros, que no somos hombres superiores, ni nos creemos vulgo, tomaremos de buena gana un medio igualmente apartado de ambos extremos, y desearíamos que, más celosos de nuestro orgullo nacional, no fuésemos por agua a los ríos extranjeros, teniéndolos caudalosos en nuestra casa. Cansados estamos ya del utile dulci tan repetido, del lectorem delectando, etc., del obscurus fio, etc., del parturiens montes, del on sera ridicule, etc., del c’est un droit qu’à la porte, etcétera, y de toda esa antigua retahíla de viejísimos proverbios literarios desgastados bajo la pluma de todos los pedantes, y que, por buenos que sean, han perdido ya para nuestro paladar, como manjar repetido, toda su antigua novedad y su picante sainete.

Creemos que casi todo está dicho y escrito en castellano. No atreviéndonos, pues, a desterrar del todo esta manía, porque el vulgo no crea que sabemos menos, o tenemos menos libros que nuestros hermanos en Apolo, traeremos siempre en nuestro apoyo autoridades españolas, que no nos han de faltar aunque tratásemos de poner a cada artículo siete epígrafes y cincuenta citas, como lo hacía cierto Duende Satírico de pícara recordación, que algunas veces se las hemos contado; de suerte que no había modo de entrar a sus cuadernos sino atropellando a una infinidad de varones respetables que le esperaban al pobre lector a la puerta, como para darle una cencerrada al ver donde se metía.

Sin embargo, por si el público curioso dudase de nuestra mucha latinidad y de nuestros adelantamientos en la lengua francesa, nos reservamos el derecho de darle al fin de la publicación de nuestros números, si lo creyésemos conducente para nuestra buena opinión, una listita de los epígrafes y citas más o menos oportunas, que hubiéramos podido usar en el discurso de nuestras habladurías, lo cual podremos hacer cómodamente, aun sin saber mucho latín ni francés, con solo echarnos a copiarlos de los libros y papeles que andan impresos, que cada uno trae por lo menos en su frontis su epígrafe, que le viene bien, además de muchas citas en el discurso de la obra, que le vienen mal, y otras que de ninguna manera le vienen ni bien ni mal.


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