La corrupción: un desafío a nuestro compromiso humano



Escribe: Carlos Flores Lizana | Opinión - 09 abr 2017

Los peruanos, y no solo nosotros, sabemos muchas cosas sucias que se manejan con coimas, sobornos y demás, pero no tenemos el coraje ni la dignidad para protestar y, sobre todo, usar los medios para denunciar estas irregularidades y manejos corruptos.


Inicio este artículo diciendo que llevamos casi tres meses viendo en la mayoría de los medios de comunicación, el tema de la corrupción promovida por una empresa brasileña y que, como dicen los medios, es uno de los escándalos más grandes de los últimos años en América Latina. Las noticias son de diverso tipo y gravedad, ya que muestran una manera de operar tan grande y ordinaria que complica su esclarecimiento y posterior sanción. En términos bíblicos, a esta empresa Odebrecht la podríamos llamar “la gran prostituta” que hizo caer a sus víctimas de manera inexorable y casi mágica. Es una empresa -y no creamos que es ella sola la que tenía y tiene esa manera de actuar-, pero ¿acaso no sabemos que desde los mismos municipios en el Perú no se da hasta el 10% del monto de las licitaciones ganadas a los alcaldes que aceptan o favorecen a las empresas que postulan en las licitaciones públicas? Un solo ejemplo de ello es lo que paso con el mal conocido alcalde y la remodelación del estadio de Sullana. Esto es solo un botón de muestra.

Como digo, los peruanos, y no solo nosotros, sabemos muchas cosas sucias que se manejan de esa manera, pero no tenemos el coraje ni la dignidad para protestar y, sobre todo, usar los medios para denunciar estas irregularidades y los manejos corruptos de muchas cosas. En otro terreno es lo mismo, ¿acaso no sabemos que para que un trámite de cualquier oficina camine más rápido debemos darle su “aceitada” al funcionario o burócrata? Lo mismo hacemos con los policías que nos detienen con razón, a los que, para evitar ser multados o ir al puesto, le damos “su propina” y listo. Hasta para cosas religiosas sabemos portarnos de la misma manera; el dicho “el que no tiene padrino no se bautiza” revela esta práctica constante nada ética y menos cristiana. ¿Se nos ha hecho ordinario pagar, sobornar, mover influencias, suavizar, doblar, romper la mano, saltarnos lo que se manda, etc., hasta ofrecer favores sexuales y dignidad? Años atrás se decía que había en el Perú más de mil falsos médicos, y que sus títulos los conseguían en la calle Azángaro o cualquier otro lugar “conocido”.

¿De dónde hemos ido aprendiendo esto y, sobre todo, aceptando como normal estas maneras de vivir, de las cuales después nos quejamos, a las que sin pudor ni vergüenza señalamos y llamamos Corrupción?

Creo que lo público empieza por lo privado, por lo personal, la familia, la Iglesia, el barrio, el municipio, la región y el país. Una vez que se generaliza, entonces se vuelve en un problema social, una subcultura, un tema estructural. Aunque ahora estamos como país -en lo que nos corresponde junto con otros países de América Latina- luchando por ser algo público, no debemos dejar de pensar y comenzar por lo privado, lo personal, mi familia, desde mi yo, mi conciencia, mi relación con Dios, etc.

El papa Francisco decía que “un padre que roba no puede ir llevando a sus hijos dinero manchado, aunque sea para sus hijos” y no hace muy poco decía que en nombre de Dios y menos aún para darle a Dios (donaciones, ofrendas, regalos, dinero, que se regala a la Iglesia(s) etc.) se puede robarle a los obreros su salario y sus derechos, ya que eso es una hipocresía intolerable. En este sentido, muchos maestros espirituales dicen que el pecado de la hipocresía es el más típico del hombre o mujer religiosos.

El fundador de las Aldeas Infantiles S.O.S, Hermann Gmeiner, decía que “para ser bueno hay que ser valiente”. No basta ser buenos, ya que “buenos para nada” hay por cientos. En broma decimos que hay muchos “buenudos”, mezcla de buenos y cojudos. Pienso que en el Perú y en el mundo nos hace falta coraje, valentía, decisión, de luchar contra el mal en todas sus formas. Creo que también hay muchas personas buenas, pero que les falta esa alegría que da el compromiso verdadero. Hay muchos que se llaman de izquierda cristianos o marxistas, pero su compromiso no va más allá del discurso y la pose, cuando se trata de vivir y servir en pobreza y consecuencia, no lo hacen. Un texto referido precisamente relacionado a esto es el llamado “testamento” de Alberto Flores Galindo, donde denuncia con honradez que muchísimos miembros de la izquierda peruana se han enriquecido con sus ONG, sus puestos dirigenciales o sindicales, “intelectuales” sin dignidad, etc., viviendo una vez más de los pobres que creen todavía en ellos como sus representantes y defensores. Una muestra de la falta de capacidad y voluntad de la izquierda es que nunca han podido unificarse las distintas ramas que tiene. El caudillismo y el deseo de poder es más fuerte que la necesidad de unidad y consecuencia, que pide el pueblo. Este mal parece endémico y de difícil curación, ya que afecta a las mismas iglesias cristianas que tenemos en el Perú, cuando solo poniéndonos en una cosa de acuerdo, ya “colaboraríamos con lo que parece imposible”, como indica el ideal nuevo de los jesuitas del mundo.

No digamos de muchos que se llaman cristianos y que con un discurso religioso defienden sus intereses de clase y congregación, que viven realmente de explotar a los mismos pobres haciéndoles creer que son beneficiarios de determinadas empresas, bancos, asociaciones, clubes, y congregaciones. Claro que la educación es una de las maneras más efectivas de salir de todos los tipos de pobreza, pero no basta eso, se tiene que revisar el sistema que sigue produciendo pobres y viviendo de ellos. Una muestra de ello es precisamente la corrupción como manera de operar de estas miles de empresas que siguen comprando favores para explotar recursos sin respetar los parámetros ecológicos, que tienen miles de obreros sin contrato ni seguro, que degradan cada día nuestro naturaleza y nos matan lentamente.

Bueno, creo que está claro el mensaje, no podemos seguir siendo mediocres, hombres y mujeres sin dignidad, cobardes que “lloramos como mujeres, cuando no supimos defender lo que amamos como hombres” y para los creyentes de Jesús, no podemos seguir siendo cristianos sin sal y sin luz, perros mudos, agua tibia que se vomita porque no sabe a nada, discípulos que ni bailamos ni lloramos.

Es hora de definiciones, de tener sangre en la cara, de “caminar cara al sol y volar con la luna”, como diría nuestro gran comprometido con la vida, Facundo Cabral. De los valientes es la historia y el Reino, los cobardes nunca tendrán nombre.

Pienso que la fe cristiana es tremendamente política, ya que busca hacer del hombre un ser responsable de sí mismo, de su prójimo y de la naturaleza. Nadie que tenga dos dedos de frente puede decir que la ética y la política no están totalmente unidas y son variables dependientes. Si roban y mienten, asesinan y no respetan nada, ¿cómo se les puede llamar ciudadanos o cristianos? La escritura y la doctrina social de la Iglesia está invitándonos a todos los creyentes a unir ética con política, moral con fe, justicia social y salvación trascendente. Nada auténticamente humano es ajeno a la fe cristiana. Decir que se puede ser cristiano y no meterse en política es una mentira, es como decir soy pederasta y soy cristiano. Sin cambio no hay esperanza, sin compromiso igual. El autor bíblico de la carta de Santiago nos dice lapidariamente “socorrer a los huérfanos y la viudas en sus necesidades y guardarse de la corrupción de este mundo”, es “la verdadera religión”, nunca tan pertinente este mensaje para los peruanos en esta hora de desastres naturales y sociales, donde uno de ellos es la Corrupción.


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