Basura moderna



Escribe: Gustavo Ruiz | Opinión - 15 jul 2017


Zygmunt Bauman afirmó alguna vez que «no hay modernización sin una masiva y constante producción de basura, entre ella los individuos basura definidos como excedentes». Esta frase es aplicable a nuestra contemporánea civilización “moderna”, de la que nos enorgullecemos colectivamente por los niveles de “desarrollo” económico y progreso. Pero la crítica de Bauman, a mi juicio, se centra en otra de las consecuencias de la “modernización”: aquellas personas a quienes se trata como “excedentes”, que bien podríamos traducir como los que “sobran”.

Por lo tanto, prescindibles, indignos y convertidos en “obstáculos” o cargas sociales. En nuestro país generalmente los más débiles son las minorías originarias de la Amazonía y de los Andes, los que viven en los alrededores de proyectos mineros o hidrocarburíferos quienes luego son marginados o desatendidos por ser simplemente los “otros” o “los no capitalinos”.

Pero esta situación cada vez va dejando la oscuridad ocupando el espacio público y recordándonos que hay cosas que no se han hecho bien.
Por ejemplo, el pasado 15 de junio, un grupo de personas del distrito de Simón Bolívar de la provincia de Pasco se encadenaron en el frontis del Ministerio de Salud como protesta, reclamando la atención de sus demandas, entre ellas, el cumplimiento de los compromisos asumidos ante la declaratoria de emergencia ambiental de 2012 y la atención a los graves problemas de salud causados por la existencia de veinticinco pasivos ambientales mineros pendientes de ser remediados en Cerro de Pasco.

Según señala la Defensoría del Pueblo, la población demanda el cumplimiento de los compromisos establecidos en el marco de la mesa de diálogo para el Desarrollo de Simón Bolívar y la Declaratoria de Emergencia Ambiental establecida mediante Resolución Ministerial N.° 117-2012- MINAM.
Al mismo tiempo, pasó desapercibida la visita de dos comitivas llegadas de Loreto conformadas por apus de las cuatro cuencas de los ríos Pastaza, Tigre, Corrientes y Marañón. Y la denominada “cinco cuencas” que incluye los mencionados ríos más el Chambira. Ambas se reunieron con distintos organismos del Estado reclamándole por un serio problema que requiere urgente atención: la contaminación en la sangre de sus poblaciones.

La Defensoría del Pueblo señala que una de las causas de los conflictos sociales en el Perú, en especial los socioambientales, es «el temor a la contaminación del agua, la tierra o el aire». Por esto, hemos señalado en esta columna que las percepciones requieren una acción del Estado para esclarecer los datos de la realidad. Una suerte de actitud pedagógica para prevenir los conflictos. Sin embargo, ¿qué hacer cuando los temores derivan a la certeza de que hay una afectación del ambiente? Y lo dramático de todo es si dicho problema se expresa en el envenenamiento de personas, animales, agua, tierra y aire. No estamos describiendo temores infundados, sino realidades puras y duras.

Recordemos que el artículo 7 de la Constitución Política del Perú señala que todos tienen derecho a la protección de su salud y que las personas incapacitadas para valerse por sí mismas a causa de una deficiencia física o mental tienen derecho al respeto de su dignidad.

Remediación y atención médica, sobre todo esta última, son demandas legítimas que cada vez más están adquiriendo protagonismos en los conflictos sociales. Hasta hace diez años la mayoría de estos tenían como principales demandas mayor inversión local, distribución de los recursos, presencia o cuestionamientos a autoridades, por falta de delimitación territorial, implementación de consulta previa, etc. Hoy en día existen reclamos por declaratorias de emergencia y atenciones urgentes de salud pública, porque, además, tienen una dolorosa consecuencia que conduce a la muerte.

No debemos olvidar que en los últimos diez años el discurso de que el “desarrollo económico” es lo prioritario caló profundamente en nuestro país. Si tomamos en cuenta que tuvimos veinte años de guerra subversiva sumada a una desquiciante crisis económica, saber que teníamos la oportunidad de dejar ser un país pobre convertía cualquier opinión crítica a esa nueva dinámica colectiva en enemigo del “desarrollo” o en “perro del hortelano”.

En síntesis, poco a poco hemos ido descubriendo que no sirve de nada tener las arcas fiscales con abundante recursos monetarios si tienes poblaciones envenenadas o con expectativas de vida recortadas. Deja de ser ético ese tipo de progreso y se convierte en amoral. Porque no solo estamos hablando de ciudadanos que viven en la indignidad de la degradación física por un supuesto “bien común económico”, sino que estamos destruyendo ecosistemas enteros – convirtiéndolos en basura- y empeñando el futuro para el goce del presente.


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