La corrupción en la historia peruana



Escribe: Jairo Rivas Belloso | Opinión - 05 oct 2017

En medio de tantos escándalos de corrupción, en eventos y foros diversos suele citarse el libro Historia de la corrupción de Alfonso Quiroz (Instituto de Estudios Peruanos – Instituto de Defensa Legal, 2013) como una lectura obligatoria para cualquier interesado en ahondar en esta problemática. También se recurrió a él en el debate presidencial de segunda vuelta entre Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori.

Debo decir que la fama del libro está bien ganada. Con una cantidad de datos que solo puede denominarse abrumadora, el autor va recorriendo distintas etapas de nuestra historia, desde los finales de la Colonia hasta la última década del siglo XX. La conclusión aparece ya desde el primer capítulo: la corrupción es un mal endémico de nuestra historia. Estuvo presente bajo la dominación española, pero nos ha acompañado toda la República; la tuvieron caudillos militares, líderes civiles y autócratas de distinto pelaje.

Esta primera afirmación, sin embargo, no significa que el autor considere a todos los regímenes igualmente corruptos, ni que las formas de la corrupción hayan sido iguales en las distintas etapas de nuestra historia. Del análisis de las modalidades adoptadas para lucrar indebidamente con los recursos públicos, Quiroz concluye que son los gobiernos autocráticos los que propiciaron mayor corrupción.

La lectura permite apreciar también cuánto se parecen entre sí los autoritarismos en cuanto a procurarse beneficios ilícitos. Esta es una idea que ya había desarrollado ampliamente Pedro Planas en “La República Autocrática” (Fundación Friedrich Ebert, 1984), estudio sobre el Oncenio de Leguía que funcionaba como espejo del autoritarismo de los noventa. En la misma línea, Quiroz ofrece una descripción del ambiente en el régimen de Odría que, con algunos cambios propios de los contextos específicos, puede ser aplicada a otros gobiernos dictatoriales anteriores o posteriores:

“Era una época de condiciones represivas bajo el constante peligro de deportación, una libertad de imprenta limitada y un poder legislativo servil. Sin embargo, una creciente percepción del enriquecimiento indebido de Odría, junto al de sus ministros y círculo más íntimo, se iba perfilando entre la oposición política, la opinión pública y el personal diplomático” (p. 280).

En esta escala de la degradación, el gobierno de Fujimori ocupa un lugar especial. El análisis presentado por Quiroz muestra que se trató de una década infame, y que la magnitud de la corrupción abarcó todas las modalidades conocidas previamente pero llevadas a su máxima extensión posible. Para decirlo en pocas palabras, es una radiografía de la náusea. El autor lo resume así:

“En conclusión, los gobiernos de Fujimori-Montesinos alcanzaron nuevos grados de corruptela incontrolada, la más reciente en una larga historia de corrupción estructural y sistémica. Aunque parecido al gobierno de Leguía, este régimen autoritario tuvo, además del sólido sustento militar que recuerda a otras dictaduras, que conservar una fachada de democracia para legitimarse a sí mismo en el nuevo contexto internacional de la década de 1990… En el centro de los mecanismos encubiertos de control político, represión, manipulación y corrupción se encontraba el Servicio de Inteligencia Nacional, encabezado por el jefe de espías Montesinos, el notorio “asesor” presidencial.

El acaparamiento de fondos secretos para sobornos en el SIN, procedentes de los sobornos en las adquisiciones militares; la malversación de los fondos de pensiones militares; los cupos al tráfico de drogas; y la ayuda prestada a grupos privados de presión extranjeros y locales, entre otros muchos mecanismos de corrupción, fueron útiles para financiar el tráfico de influencias y el soborno en prácticamente todos los ámbitos del Estado. (..) En la historia del Perú ha habido varios ejemplos clásicos de entendimiento dual en la cúpula de gobiernos signados por el abuso del poder… Sin embargo, el dúo Fujimori-Montesinos probablemente superó a todos ellos en términos del alcance y profundidad de la corrupción” (p. 399).

Lamentablemente, este problema ha aquejado también, y en forma muy grave, a los gobiernos democráticos. El recuento es amplio y detallado, y se muestra no solo connivencia con este tipo de prácticas, sino también debilidad en la implementación de medidas para contrarrestar la corrupción en la esfera gubernamental. Esta idea puede extenderse a los gobiernos democráticos del siglo XXI, no estudiados por el libro, pero ampliamente conocidos por los casos hoy bajo investigación.

Este lamentable panorama justificaría un pesimismo absoluto respecto a las posibilidades de enfrentar la lacra de la corrupción. Sin embargo, el mismo Quiroz se encarga de recordarnos que en todo momento surgieron reformadores con planteamientos de cambios, jueces probos que marcaron la diferencia con sus sentencias, y una presencia intermitente de la sociedad civil. En conjunto, estos actores en distintos momentos alzaron la voz y actuaron – con mayor o menos éxito – para arrinconar la corrupción. La tarea, desde luego, no ha concluido, requiere ser continuada. La mirada histórica que Quiroz nos propone nos da pistas acerca de los caminos que deben recorrerse.


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