La muerte de Olivia Arévalo: la mercantilización de la ayahuasca y el turismo shamánico



Escribe: Róger Rumrrill | Opinión - 06 may 2018


El asesinato de la maestra curandera Shipibo-Conibo-Shetebo, de la familia etnolinguística Pano, Olivia Arévalo Lomas, en Yarinacocha, Pucallpa, ha puesto en el centro de la atención nacional e internacional temas como el shamanismo o curanderismo y el uso de la ayahuasca (Banepteriosis caapi), la mercantilización de este alucinógeno ritual y de uso milenario y ancestral en las culturas amazónicas y un contexto de violencia que en Ucayali ha costado ya la vida a decenas de líderes y lideresas indígenas.

Existen varias hipótesis sobre las razones o motivos que llevaron al presunto asesino de Olivia Arévalo, el canadiense Sebastián Woodroffe, linchado y muerto en la comunidad religiosa intercultural “Victoria Gracia”, cerca de Yarinacocha.

Una de las hipótesis, entre otras que las autoridades investigan, es que uno los hijos de Olivia, Julián Vásquez Arévalo, recibió un préstamo de 1000 dólares y una computadora laptop de manos del canadiense Woodroffe. El préstamo, según la versión, debería ser pagado con la entrega de un niño o niña.

El hijo de Olivia, de acuerdo a la misma versión, nunca pudo cumplir su compromiso y por ese motivo el canadiense visitaba frecuentemente la comunidad evangélica de “Victoria Gracia”, de día y de noche, provocando la cólera y rabia de los comuneros que, en tres ocasiones, lo habían capturado y entregado a la policía que siempre lo dejaba libre.

Hasta que el jueves 19 de abril llegó en una moto lineal a “Victoria Gracia” a mediodía en busca de Julián Vásquez Arévalo y al no encontrarlo, enfurecido, fuera de sí, obligó a Olivia Arévalo Lomas a cantar un mariri, una canción ritual que interpretan los curanderos o curanderas cuando hacen curaciones con la purga, una combinación de ayahuasca y chacruna, y que luego la disparó en el pecho, matándola.

Los disparos fueron escuchados por algunos pobladores que, al ver a la maestra curandera sangrando en el suelo, llamaron a gritos a otros pobladores y cercaron y atraparon a Woodroffe que, para su mala suerte, no pudo huir porque su moto lineal no arrancó. Lo lincharon y enterraron. La muerte del canadiense se mantuvo en secreto hasta que un video registrado por un celular fue transmitido en un medio de comunicación de Pucallpa y puesto en las redes.

Mercantilización de la ayahuasca y violencia en Ucayali
La muerte del canadiense Sebastián Woodroffe revela, además, una serie de cambios que se están produciendo en la cultura y el sistema de la medicina tradicional: el turismo shamánico y la mercantilización del uso de la planta maestra de la ayahuasca y otras plantas curativos.

Tanto Olivia Arévalo Lomas como el canadiense Sebastián Woodroffe fueron víctimas de este proceso que ya ha costado la vida de decenas de curanderos amazónicos en las últimas décadas. De acuerdo a las versiones que se han hecho públicas, Woodroffe era un adicto a las drogas que llegó a la Amazonía con la intención de curarse de su adicción a las drogas con la planta maestra de la ayahuasca.

Como Woodroffe, muchos europeos y estadounidenses y ciudadanos de otras nacionalidades y lugares del mundo, víctimas de las mayores y peores enfermedades de la sociedad humana del siglo XXI, atrapados por la pandemia del consumismo y la soledad por el vacío que genera una sociedad sin paradigmas, sin valores y obsesivamente individualista y materialista, llegan a Amazonía para curarse.

Algunos de ellos, luego de algunas experiencias, intentan convertirse en shamanes o curanderos sin cumplir las reglas tradicionales y rigurosas que impone el ritual ayahuasquero: la dieta, es decir, las severas restricciones y prohibiciones sexuales y alimenticias. Otra de las causas del fracaso de los aprendices de shamanes es su persistencia en seguir usando las drogas de mayor consumo en las sociedades industriales: cocaína, marihuana, mescalina, éxtasis, heroína y otras.

Además de estos intentos de aprendizaje frustrado del curanderismo o shamanismo, también muchos de estos usuarios de ayahuasca procedentes del Primer Mundo e incluso de países de África y Asia, son víctimas de los falsos shamanes o curanderos, sujetos inescrupulosos e inexpertos-con excepciones-que operan en las decenas y centenares de albergues turísticos a lo largo y ancho de la Amazonía y cuya principal oferta turística es un vuelo o viaje shamánico.

El autor de esta crónica y la famosa antropóloga estadounidense, una de las pioneras mundiales del estudio de la ayahuasca, Marlene Dobkin de Ríos, recientemente fallecida, estudiamos el turismo shamánico y la mercantilización del ritual de la ayahuasca durante las dos últimas décadas. El estudio ha sido titulado A Hallucinogenic Tea, Laced with Controversy. Ayahuasca in the United States, publicado en el año 2008 por Praeger Publisher en EEU.

En ese estudio, los autores anticipan de lo que viene ocurriendo en la Amazonía con la mercantilización del alucinógeno y el turismo shamánico: falsos e inescrupulosos shamanes que alteran la combinación bioenergética ideal entre ayahuasca (Banisteriopsis caapi) y chacruna (Psychotria viridis) con otras sustancias extrañas provocando reacciones psicológicas extremas en los usuarios que los pueden llevar al crimen o al suicidio.
Ya hay una larga lista de muertos entre los usuarios extranjeros víctimas de este tráfico y mercantilización de la ayahuasca.

El otro gran riesgo es que, tal como lo planteamos en el libro citado, en el capítulo El poder de las plantas y las plantas y el poder, los prohibicionistas a ultranza que se multiplican en el mundo con la oleada conservadora, inicien una campaña mundial del uso del ayahuasca, comparando al uso ritual de la planta con el tráfico de la cocaína y la heroína.

El asesinato de Olivia Arévalo se ha producido como parte de este proceso de mercantilización de la ayahuasca, de los riesgos del turismo shamánico y de un nuevo ciclo de violencia en Ucayali y la Amazonía.


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