Misoginia en los medios de comunicación peruanos



Escribe: Lucila Rozas | Opinión - 20 mar 2017

Los medios de comunicación peruanos han dado espacio y avalado, durante décadas, opiniones y representaciones misóginas (así como también homofóbicas, racistas, transfóbicas y todas sus intersecciones)

Lo sucedido en la última semana, a partir de las infortunadas declaraciones de Phillip Butters, ha motivado una serie de reflexiones sobre la libertad de expresión. Mientras algunas personas creen que su expulsión de Radio Capital se trata de una vulneración de su derecho a opinar, otras han considerado que su censura ha sido justa ya que conlleva un discurso que condona abiertamente la violencia sexual y de género. Sin embargo, poco se ha hablado sobre la responsabilidad que tienen los medios en la construcción y normalización de esta clase de conductas, incluso cuando el tema de violencia de género ya había ganado mayor visibilidad desde Ni Una Menos. Lo que es aún menos alentador, es que ha existido muy poca retroalimentación por parte de los propios medios de comunicación con respecto a este tema, siendo prueba infalible de esto, la inmediatez con la cual Butters ha encontrado un nuevo espacio para continuar emitiendo las opiniones que causaron su despido.

Lamentablemente, lo de ahora no es algo sorprendente ni nuevo. Los medios de comunicación peruanos han dado espacio y avalado, durante décadas, opiniones y representaciones misóginas (así como también homofóbicas, racistas, transfóbicas y todas sus intersecciones). Estas se han dado, muchas veces, de manera soterrada y otras tantas más, explícitamente y sin ningún tipo de sanción formal o social. No hace falta mucho esfuerzo para encontrar un ejemplo. Pensemos en todos aquellos programas cómicos de los sábados por la noche, que existieron durante gran parte de los años 80 y 90 en canales de señal abierta. No era raro encontrarlos plagados de personajes femeninos hiper sexualizados, pero poco empoderados, así como de sketches en donde no faltaba la típica escena “light” de agresión sexual contra la mujer, conducta propia de algunos personajes masculinos. Hasta ahora, dichas representaciones no son reconocidas como profundamente problemáticas, aunque algunos de estos programas forman parte importante de la historia de la televisión nacional.

Mención aparte merece ese infame programa televisivo en donde se ridiculizaba de la manera más burda a la mujer andina, el cual debido a su alta carga de racismo fue eventualmente objeto de sanción social, lo que de alguna manera contribuyó en su desaparición. O todos aquellos “realities” actuales, en donde la atracción principal es la exhibición de cierto tipo de cuerpos femeninos, los que son utilizados meramente con un fin decorativo. O todas aquellas series y novelas en las que la mujer “no bella”, según los estándares occidentales, es objeto de burla[1]. O todos aquellos noticieros que, en su momento, normalizaron los feminicidios y la violencia contra la mujer, calificándolos de “crímenes pasionales”. O todos aquellos artículos de diarios de circulación nacional y programas radiales que dan espacio a personajes que hacen uso indiscriminado de un lenguaje misógino. Esto, sin duda, es una de las formas más abiertas de misoginia en los medios y tiene como ejemplos bandera al caso de Phillip Butters o Tomás Angulo, quienes incontables veces han emitido opiniones que estereotipan negativamente a las mujeres o incluso, incentivan abiertamente la violencia sexual contra ellas[2].

Si bien la eliminación de este tipo de contenidos de la programación televisiva o radial, gracias en parte a la reacción de los espectadores u oyentes, revela la existencia de una conciencia parcial de que algunos mensajes o representaciones que se muestran en los medios son dañinos para las mujeres, esto no es suficiente. Como señala Violeta Barrientos, son los medios los que poseen el poder para producir imágenes y representar la realidad, mientras que se evidencia que las mujeres somos incapaces de generar nuestra propia representación en los medios peruanos. Al producir y reproducir cierto tipo de comportamientos y mensajes, a través de dichas representaciones, es inevitable que algunas conductas misóginas, que no son expuestas como negativas y sin ningún tipo de reflexión mayor, sean consideradas como normales por quienes las consumen. Al mismo tiempo, no existen los suficientes mecanismos que nos sirvan para responder efectivamente o hacer “accountable” a un medio o a un personaje por la emisión de este tipo de contenidos.

Mientras que lo ideal sería que exista una serie de regulaciones que penalicen a aquellos medios que emitan contenidos que incentiven el odio y la violencia de género, es difícil que esto suceda en un futuro cercano. Sin embargo, el primer paso y el más fundamental, es una reflexión que venga desde los propios medios. Porque, a pesar de que se les sigue otorgando espacios de opinión a personajes como Butters, y sigue existiendo una serie de contenidos misóginos en los medios, existe ya un público que tiene una mirada crítica al respecto y que busca activamente una transformación de aquello que lee, ve y escucha. Los medios de comunicación nacionales deben buscar evolucionar y transformarse, partiendo de otorgar la posibilidad a poblaciones que han sido sub-representadas, empezando por las mujeres, de tener una plataforma que les permita responder a cualquier mensaje negativo y representarse de manera justa y real. Ya viene siendo hora, de cambiar la historia.


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