Fenómeno monástico: entre la monasticidad y la monacalidad

UNA MIRADA PERSPICAZ AL RESPECTO



Escribe: César Augusto Barahona C. | Sociedad - 03 dic 2017

Las teologías, andina o cristiana, ya no preocupan (no preocupa proponer siquiera auditorías o transparentación de contabilidades en sus tantas décadas desde el siglo XX, o si hubo corrupción o no al interior de las mismas); por el contrario, creo que sí molestarán las teologías desde los nuevos cuerpos, desde las nuevas fuentes, desde los nuevos lugares de producción teológica, teologías desde la “expropiación”.


Thomas Merton calificaba al monasticismo como “un problema y [como] un escándalo”. (1) A partir de este contraste, entiéndase bien, monasticismo o fenómeno monástico como problema para bien y para mal, y como escándalo para bien y para mal.
Un monasticismo “problemático para bien”, cuando denunció ciertos procesos históricos que se fueron corrompiendo por determinadas decadencias políticas y culturales, religiosas o teológicas; el monasticismo siempre fue un grave problema para los sistemas del mundo que se fueron instalando cada uno a su turno, y es un grave problema para el sistema del mundo actual, no sólo restringidamente cristiano ni sólo restringidamente andino.
A su vez, un monasticismo “encandaloso para bien”, cuando soñó mundos posibles y radicalmente auténticos, desde la locura de los “evangelios” no sólo bíblicos ni sólo cristianos; el monasticismo escandalizó al hinduismo con la inconcebible y casi herética presencia de los budas; el monasticismo escandalizó luego al cristianismo emergente con el surgimiento de los locos del Desierto, que antes que “separación del mundo (corrompido)” fue siempre radical “unión con el Desierto”; y algunos otros monasticismos escandalizaron al primer imperio de la Cristiandad con la inimaginable fundación de Europa en el siglo VI a partir de la presencia de San Benito de Nursia, y su innegable modelo de civilización.
Sin embargo, los monasticismos “han escandalizado y problematizado para mal”, cuando en torno a sus decadencias inevitables nos enteramos de que habían pactado con el poder, con las élites, los obispados, las noblezas, y los cleros de Cluny, por citar sólo un ejemplo conocido, terminando por ser inentendibles, metafísicos, estamentarios, neuróticamente ascéticos, o simplemente reducidos a la mínima expresión vocacional.
Por otro lado, el problema y el escándalo del monasticismo, en tanto que fenómeno monástico no es ni ha sido únicamente religioso ni teológico, aunque siga teniendo raíces profundas en estos 2 aspectos fundamentalmente posteriores.
En el lejano Oriente (donde históricamente se organizó) ni siquiera “religión” o “teología” existían como términos, y, no obstante, hoy no podemos distinguir lo monástico sin estos 2 ámbitos donde se ha ido instalando y arraigando, para bien y para mal. De todos modos, antes que religioso o teológico, la experiencia fenoménica de los monasticismos requiere ser examinada desde su Monasticidad exterior, y desde su Monacalidad interior. Veámoslo.
- Primero, Monasticidad, que como concepto está antes y después de los monasticismos, y aparece en “las afueras” de los mismos. No pertenece a la estructura institucional de éstos, antes bien, los inspiran, los impulsan, y a veces los reclaman; en realidad piden que los monasticismos surjan y se edifiquen. En la Monasticidad, así definida, se encuentran los amigos y los amigotes de todos los tiempos y de todas las culturas, y en ese sentido –diría yo– que se trata de los grandes y únicos responsables de la aparición de los monasticismos o fenómenos monásticos, ideologizados o no, colonizados o no, fenómenos monásticos finalmente interculturales o en descolonización (o no); aún no lo sabemos.
- Segundo, Monacalidad, que como concepto está antes, durante, y después de los monasticismos, y aparece en “los adentros”, en la intimidad, y en el corazón de los mismos. Es la categoría fundamental que molesta, provoca, inquieta, y anima a que los fenómenos monásticos se pongan “en regla” (en este caso, en Regla de Vida monástica), o finalmente determinan que desaparezcan. Sin Monacalidad simplemente deja de haber monasticismo.
Decimos Monacalidad “antes” de los monasticismos, porque la Monacalidad genera hombres y mujeres Místicos, capaces de retirarse de la corrupción del Mundo, de las Instituciones, de las Religiones y de las Estructuras, y desde ese retiro soñar y pensar mundos posibles, diciendo a veces “verdades distintas” que pueden incomodar al Mundo.
Decimos Monacalidad “durante” los monasticismos, porque la Monacalidad en el corazón mismo de la vida cotidiana de los monjes (no sólo cristianos ni budistas, sino también quechuas o aymaras), genera la búsqueda del Misterio, la intimidad contemplativa, la unidad radical de la vida humana con toda la realidad, un “estado de trance” sin etiquetas sobrenaturales, es decir, Monacalidad que cuida que los monjes y las monjas dentro de los monasterios no sean ni ángeles ni demonios, sino solamente seres humanos conscientes de su “tempi-ternidad” originaria.
Decimos Monacalidad “después de” los monasticismos, porque la Monacalidad también subsiste milenariamente a la decadencia o desaparición de aquéllos. La Monacalidad es el factor que permaneciendo en “los adentros” hasta después de los monasticismos, inquieta e incomoda a la propia Monasticidad que puede volver a ponerse en marcha. De ahí que se dice que hay “monjes sin monasterio” tanto en la ciudad, como en la vida religiosa, y en las monasticidades laicas emergentes, latiendo con un sutil estilo de vida, periférico, marginal, o a veces insoportablemente central, del cual emergen frases tan encantadoras como sugestivas: “haz lo que dices, di lo que piensas, piensa lo que eres”, “inclina el oído del corazón a las enseñanzas del Maestro”, “nada ni nadie te aparte del amor de Cristo”, “entra en tu celda y ella te dirá lo que tienes que hacer”, “yo no creo en Dios, porque lo conozco”, “nada para mí que no sea para los demás”, “lo que doy me lo doy, lo que no doy me lo quito”.
***
El fenómeno monástico es muy complejo, pero desde su Monasticidad y su Monacalidad podría ser repensado y comprendido de una manera más consciente, sincera y fecunda.
Sin embargo, tiene raíces profundamente instaladas en lo religioso y en lo teológico, cuando desde sus inicios siempre insistió en ser directamente crítico de la vida
religiosa (consagrada) hasta nuestros días, y directamente crítico de los discursos teológicos (en este caso con nomenclatura cristiana y/o andina). Veámoslo.
- Crítico de la “vida religiosa” (consagrada), porque el Fenómeno Monástico no se circunscribe a ninguna religión, espiritualidad o experiencia de fe, de ninguna procedencia institucional o confesional; antes bien, las acompañan para que desde ellas surjan procesos teológicos y discursos capaces de volver a los verdaderos problemas humanos y de la creación, donde finalmente (sólo al final) se manifiesta “un” ser divino, invisible, radicalmente espiritual y radicalmente amoroso.
Es lamentable que en el imaginario cristiano y andino, de hoy, el fenómeno monástico siga conservando bordes religiosos institucionales de poder, de capacidad de financiamiento, o de compadrazgo cristiana y andinamente por demás discutibles. Por tanto, el fenómeno monástico (con su Monasticidad y su Monacalidad en la mochila) ha perdido claramente el sentido de criticidad sobre sí mismo, y sobre los sujetos actores responsables de estos últimos 25 años de monasticismo andino en el Perú.
El fenómeno monástico, lejos de instalarse en lo religioso, ha servido y sirve para devolver al ser humano a su condición re-ligiosa originaria, de re-ligiosidad, de re- lacionalidad, de radical re-latividad, de relacionarse con toda la realidad circundante, hasta repensarla, releerla y reinterpretarla, porque “si pones la mano al fuego... religiosamente te quemas”. El fenómeno monástico declara constantemente que la Religión con mayúscula está condenada a perecer y a desaparecer.
- El fenómeno monástico es crítico de lo teológico, porque recorre conscientemente los pasos previos a los discursos teológicos: fe, espiritualidad, y religión.
Antes de llegar al “problema teológico de Dios” (que finalmente es el “primer problema humano”, por excelencia), el fenómeno monástico se inserta en la experiencia de la fe, entendida como un don divino que abre al hombre a su infinitud, humana y divina, y no lo cierra al ámbito de una determinada identidad cristiana, andina, o japonesa.
El fenómeno monástico recorre la experiencia de la fe como experiencia radical entre lo humano y lo divino, pasando por delante de todos los colores culturales, institucionales, identitarios, o descolonizadores que puedan intentar manipularla o confiscarla.
Pero antes de llegar al “problema teológico de Dios”, el fenómeno monástico se inserta en la experiencia de la espiritualidad, experiencia fundamentalmente humana desde donde se intenta dar respuestas a las preguntas que nos superan: muerte, frío, soledad, hambre, guerra.
El fenómeno monástico dialoga desde hace más de 6 mil años con todos esos intentos de respuesta, transformados en ritos, protocolos, liturgias, misas, permisos, iniciaciones, esoterismos, magia, encantos, gestos, lenguajes, idiomas, ch’ayas, wilanchas, etc. Para el fenómeno monástico la espiritualidad “comienza” con el cuerpo
del bebé que empieza a decir ma-má, pa-pá, a pocos centímetros de distancia de la madre o del padre, y acompaña las espiritualidades como pequeños “gritos” que reclaman un sentido a la vida digna en cualquiera de sus formas (educativa, económica, política, ambiental, cultural, musical, etc.); luego veremos a continuación cómo esos “gritos” se convierten en pequeños “sistemas de creencias” que a veces nada tienen que ver con la Fe que las precedía.
Por otro lado, parece que las otras espiritualidades institucionalizadas y todopoderosas del cristianismo actual, han perdido este sentido de espiritualidad originaria, reduciéndola sólo a la “experiencia de Dios”, es decir, de un Dios abstracto...
Entiéndase bien: antes de llegar al “problema teológico de Dios”, el fenómeno monástico reconoce y reivindica el valor de lo religioso como un determinado sistema de creencias entre otros, pero que nace obligatoriamente primero de la fe y de la espiritualidad profundamente desnudadas de su confesionalidad, o de su ropaje doctrinario, cultural, social, económico, o de poder.
Si desnudáramos fe, espiritualidad y religión de ese carácter institucional, nacionalista o etnocéntrico, creo que el valor de lo religioso se revitalizaría y se dinamizaría, perjudicando bondadosamente a las y los actuales administradores de lo sagrado; creo que ésta es finalmente la labor irrenunciable del fenómeno monástico, como Monasticidad visible, como Monasticismo quizás en decadencia, y como Monacalidad invisible y radicalmente interior.
En resumen, para el fenómeno monástico el “problema teológico de Dios” es entonces consecuencia de todo lo anterior, pero también antes que “problema teológico de Dios” es principalmente “la propia teología como problema teológico”.
La raíz teológica en la que el fenómeno monástico se fue instalando, o lo vemos instalado hoy, revela que carecemos de memoria histórica y educativa dentro de los procesos formativos de este mismo fenómeno que dura hasta nuestros días.
Desde Oriente hasta Occidente, no solemos proyectarnos sobre lo monástico más que por sus estructuras estéticas, colosales, magníficamente costosas y turísticas, o por los sacrificios de monjas y monjes que pueden ver el pensamiento de las personas a lo Shao-Lin, o levitar en el espacio por una extraña experiencia de ciencia infusa.
Quizás debamos contemplar nuevamente a esos locos y locas del Desierto Cristiano, y de los Desiertos de las diversas Monasticidades, que lograron “decirle” a sus mundos de entonces: “Basta ya, ya no más corrupción, entre Estados e Iglesias, entre Reinados y Budismos, entre Estados Islámicos y Califatos, entre Cristiandades y Neoliberalismos; salgamos al Desierto, para pensar y repensar mundos posibles, aunque surjan y resurjan nuevos hinduismos, budismos, judaísmos, cristianismos, islamismos, o tradiciones ancestrales que por desconocimiento siguen ‘construyendo’ teologías cristianas o andinas, del Buen Vivir, o de la Vida Plena, sin pasar por el problema o el impase que la propia teología representa para ella misma”.
Hasta hoy soy parte del fenómeno monástico, como oblato secular benedictino, y por ello considero que las teologías cristianas o andinas ya no son un problema que preocupe; el problema es la propia teología “armada” de discursos teológicos hilados con “fe” manipulada, con “espiritualidades” hegemónicas, con “religiones” decadentes –predicadas dominical o confesionalmente, como religión estatal o denominacional; religiones finalmente fronterizas–, convertidas estas tres en dibujos animados para los Odebrecht de turno, para la Minería legal o ilegal, para el Narcotráfico, para el Contrabando.
Las teologías, andina o cristiana, ya no preocupan (no preocupa proponer siquiera auditorías o transparentación de contabilidades en sus tantas décadas desde el siglo XX, o si hubo corrupción o no al interior de las mismas); por el contrario, creo que sí molestarán las teologías desde los nuevos cuerpos, desde las nuevas fuentes, desde los nuevos lugares de producción teológica, teologías desde la “expropiación” de técnicas de producción teológica, teologías desde los nuevos paradigmas, desde los nuevos modelos de formación-capacitación-educación: teologías anti-títulos, teologías anti-primaria- secundaria-universidad, teologías que ya no sólo partan de movilizaciones y luchas sociales replicadas del siglo XIX, anti-imperialistas, anti-dominación (movilizaciones “clishé”). Me refiero a trans-teologías, acompañadas crítica y analíticamente por “Centros de Monasticidad”, descolonizados, interculturales, inter-género, inter-teológicos, capaces de suscitar Consultas Previas Teológicas, incluso en ámbitos del Derecho.
Consulta previa tentativa: ¿será posible volver a la intuición primera de Thomas Merton, al hablar de monasticismo como “un problema y un escándalo” para bien?
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NOTAS:
1 Raimon Panikkar, Elogio de la Simplicidad, 49.


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