Un 2 de mayo de 1519 el mundo despidió al hombre que personificó el ideal del Renacimiento. Hoy, su obra sigue siendo la mayor intersección entre el arte, la ciencia y la curiosidad humana.
Redacción: Alexandra Sanca
Considerado por muchos como el ser humano con la mente más brillante de la historia, Leonardo da Vinci falleció un día como hoy en el Castillo de Clos-Lucé, Francia. A más de cinco siglos de su partida, su nombre no solo evoca pinturas icónicas como La Gioconda o La Última Cena, sino también una capacidad visionaria que lo llevó a diseñar máquinas voladoras, tanques y sistemas hidráulicos cientos de años antes de que fueran posibles.
Hijo de la curiosidad infinita, Da Vinci rompió las barreras entre disciplinas. Para él, observar el vuelo de un pájaro era tan científico como artístico. Sus cuadernos de anatomía, con una precisión asombrosa para la época, sentaron bases que hoy siguen maravillando a médicos y artistas por igual.
La muerte de Leonardo en brazos del rey Francisco I, según cuenta la leyenda, marcó el fin de una era, pero el inicio de un mito. Su legado nos recuerda que la especialización no debe limitar el conocimiento. En un mundo cada vez más tecnológico, el enfoque multidisciplinario de Da Vinci es más relevante que nunca.
Desde Diario Los Andes, rendimos tributo al polímata que nos enseñó que «la sabiduría es hija de la experiencia» y que el arte, cuando se mezcla con la ciencia, se vuelve eterno.

